Hermandad del Rocío de Jerez

25 Enero 2009

FREY JOSÉ CUENCA, O. P., FUÉ DIRECTOR ESPIRITUAL DE NUESTRA HERMANDAD DEL ROCÍO

Archivado en: General — Adrián Selma @ 14:03

Este interesante y cariñoso articulo aparece en el DIARIO DE JEREZ hoy domingo 25 de Enero de 2008.

Me atrevo, consciente de poder herir su natural humildad, que este octogenario discipulo de Santo Domingo de Guzman y de la Virgen del Rosario lo que a continuación sigue.

Nació en el seno de una cristiana y acomodada familia del pueblo Cordobés de Lucena. Su familia, por sus creencias cristianas y su posición social fué diezmada y perseguida por las hordas rojas del Frente Popular antes y durante la Cruzada Nacional.

Tiene una solida formación academica y espiritual habiendo impartado lecciones en distintas Universidades. Creo que eran de orden filosofico y espiritual. Disculpad que no pueda ser mas preciso ahora, pero prometo preguntarle mas y os lo contaré.

En el tiempo que fué Director Espiritual de Hermandad se ganó la amistad, el cariño y respeto de los rocieros jerezanos. Le podeis preguntar a nuestro Pregonero Rafale Mateos (8 años Hermano Mayor) y a su Junta. 

MATER ECCLESIA 

El Padre Cuenca 

Manuel Romero Bejarano | Actualizado 25.01.2009 - 01:00 

No e lo vas a creer. Otra vez me han elegido prior, a mi edad. Pero si es que no hay gente en el convento…

¿Se han parado a pensar alguna vez cuántos frailes vivían tras los muros de Santo Domingo? Cientos. Tres claustros, grandes dormitorios comunes, un refectorio gigantesco, más todo lo que hoy no vemos. Novicios, padres, altares repletos de velas, montones de misas simultáneas, incienso, música. En una palabra: vida. Hoy da miedo entrar en esa iglesia tan grande y oscura. Frío en el cuerpo. Frío en el alma. Largos pasillos desiertos en la residencia de los frailes. Puertas y puertas cerradas. Habitaciones vacías.

Cuando yo estaba en el Convento de San Esteban de Salamanca éramos doscientos. Aquí ahora estamos seis y uno se va pronto…

Testigo del hundimiento. Un poso de amargura se esconde detrás de la cálida sonrisa del padre Cuenca cuando nos recibe en su casa.

La Orden desaparece en España. No hay vocaciones, pero yo lo entiendo. La sociedad ha cambiado mucho y además el que se mete ahora a dominico ni hace vida en comunidad ni nada. ¿Qué va a hacer un muchacho joven viviendo con cuatro viejos?

Controlaban la Inquisición, tenían una universidad, eran dueños de casas, campos. Los reyes hacían cuantiosas donaciones y los nobles no escatimaban gastos para enterrarse aquí. El poder y la gloria. Hoy quedan como prueba las maravillas que se encierran en el convento, donde los amantes del patrimonio son recibidos como príncipes. No quedará un rincón por ver, una pieza por apreciar. Quien vaya por derecho podrá temblar al sentir deslizarse sus pies por el verdín de las cubiertas, pasmarse con la soberbia sacristía, sorprenderse con las piezas de marfil, las esculturas de Diego Roldán, las capillas mudéjares, el precioso retablo exento de la Virgen de Consolación. Todo de la mano del dominico, que como guardián celoso de sus tesoros, nos irá relatando mil y una historias bizarras.

El archivo está cerrado. Hace muchos años vinieron dos investigadores (cuyo nombre ocultaré por respeto a nuestro protagonista) que robaron lo que les dio la gana. Privilegios medievales, incunables…Hubo que recuperar cosas hasta en Barcelona.

Un año tras otro igual, como esos personajes bíblicos de edad legendaria, sin que por él pase el tiempo, custodiando el convento. Siempre sonriente. Siempre deseoso de conocer novedades sobre las obras de arte que atesora. Estudioso infatigable, fiel a los principios de la Orden a la que pertenece. Quizás eran como él aquellos sabios del Antiguo Testamento que vagaban décadas y décadas por el desierto en busca de la Tierra Prometida. Esto me viene a la cabeza cuando lo he visto acompañar a la Hermandad del Rocío en su peregrinar.

El tormento y el éxtasis juntos. Noches frías. Caminar y caminar por arenales polvorientos entre risas y cantos. Lavarse de cualquier manera. Dormir de cualquier manera. Sentir la Fe con intensidad. Montar a caballo. Ser requerido a cada momento, convidado, vitoreado. Todo esto a una edad venerable. Gritar hasta perder la voz a la Virgen sostenido en volandas, zarandeado por la multitud enfervorecida. Y luego permanecer intacto, como si fuese de goma.

Sé que el padre Cuenca seguirá aún muchos años en su casa de la Alameda Cristina, que podremos ir miles de veces a buscarlo para hablar de la historia de la Orden de Predicadores en Jerez. Nos volverá a regalar su sabiduría (casi ancestral) en nuevos libros que verán la luz en los años sucesivos. Y cuando lo veamos decir misa o paseando por Jerez, respiraremos tranquilos, porque sabremos que mientras él viva se mantendrá el espíritu de un monasterio que llegó a ser en su tiempo el más importante de nuestra ciudad. 

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